¿El fin de Tulum?

El fin de Tulum

¿Estamos presenciando el fin de Tulum tal como lo conocimos? No se trata de linchar al destino ni de sumarse al escándalo mediático. Sería irresponsable hacerlo sin entender los problemas de fondo.

Lo que hoy ocurre con el Parque del Jaguar no solo es un síntoma, sino una lección. Es una oportunidad para aprender de los errores y aplicar cambios profundos que permitan al destino recuperar su equilibrio entre sustentabilidad, gobernanza y accesibilidad.

El fin de Tulum no es posible, pero sí una advertencia

La crisis actual no afecta únicamente a las grandes cadenas hoteleras. Golpea, sobre todo, a la base de la pirámide turística: los pequeños emprendedores, lancheros, vendedores, guías y operadores locales.

Son ellos quienes mantienen viva la experiencia auténtica de Tulum y hoy son los más vulnerables ante la baja afluencia y el encarecimiento generalizado.


¿Estamos ante el fin de Tulum o ante el fin de un modelo que ya no responde a las nuevas realidades del turismo nacional?

Los políticos y las autoridades no pueden seguir administrando crisis. Urge diseñar estrategias público-privadas que den orden, transparencia y visión de largo plazo a la industria. Tulum no puede seguir dependiendo de la improvisación ni del control militar.

Porque sí, el manejo del Parque del Jaguar es la raíz de muchos de estos males. La intervención del Ejército en la administración turística ha dejado en evidencia una prolongada curva de aprendizaje.

Los soldados no son hoteleros, guías ni anfitriones; no están formados en cortesía, hospitalidad ni atención al visitante. Y eso se nota.

Quien llega a Tulum lo hace en modo turista, no como manifestante ni adversario. Busca relajarse, descubrir y disfrutar.

Tratarlo con desconfianza o rigidez es un error que erosiona la reputación del destino y contradice el espíritu mismo de la hospitalidad mexicana.

¿En qué momento se olvidó que la esencia del turismo es recibir, no restringir?

Reordenar fuerzas antes de que sea tarde

Mara Lezama está ante la oportunidad de convertirse en una mediadora auténtica, una árbitra en su calidad de autoridad máxima del Estado. Tiene la posibilidad de dejar atrás la administración de crisis y entrar al terreno real de las soluciones.

Por su parte, la secretaria de Turismo federal, Josefina Rodríguez Zamora, debe fungir como puente institucional con la presidenta Claudia Sheinbaum, para sensibilizar al Ejército —hoy administrador del turismo en Tulum— y flexibilizar sus políticas de atención al visitante.

¿Será este el momento en que el turismo mexicano se atreva a decirle al poder militar que no todo se resuelve con disciplina, sino con empatía?

Esta crisis —amplificada por titulares y redes sociales— debe transformarse en un punto de inflexión. No desde el enojo, sino desde la acción.

Además, Tulum necesita reordenar sus fuerzas para su renacimiento, pero con una conciencia clara del tipo de mercado que atiende. Es el momento de aprovechar todo el ruido que se generó para cambiar la conversación en positivo y capitalizar la ola mediática.

El fin de Tulum, más que un desenlace, puede ser un renacimiento. Pero para lograrlo, el destino debe construir una nueva narrativa que devuelva protagonismo a la sustentabilidad, la inclusión y la hospitalidad.

Porque, al final, no se trata de destruir a Tulum, sino de reconstruirlo con inteligencia, sensibilidad y sentido común.

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