Desde hace meses, he observado con interés cómo Yucatán ha intensificado su apuesta por la industria audiovisual. Según información oficial, en 2025 ya recibió más de 40 producciones entre series, documentales y campañas internacionales. Esa cifra representa una visibilidad significativa. Pero la pregunta que me planteo ahora es: ¿puede Yucatán consolidarse como líder del cine turístico? He aquí mi reflexión.
Ventajas estructurales y simbólicas
Yucatán cuenta con paisajes auténticos difíciles de replicar: cenotes, zonas arqueológicas, haciendas coloniales, selva y ciudades históricas. Las producciones buscan ese tipo de escenarios visualmente memorables, y Yucatán los ofrece de forma relativamente accesible. Esta variedad ayuda a posicionar “Yucatán como destino cinematográfico”.
El estado ha creado un aparato institucional que facilita el rodaje: la Oficina de Apoyo a la Comisión de Filmaciones (dependiente de Sefotur). Esta oficina gestiona trámites, vincula productores y proveedores locales, y sirve como puente institucional. Esta estructura permite reducir fricciones para rodar en Yucatán.
Ya hay antecedentes que respaldan la viabilidad del proyecto. En los últimos 20 años Yucatán ha recibido más de 800 rodajes nacionales e internacionales. Producciones de Netflix, Disney+, Amazon Prime, Warner Bros, entre otras, han usado escenarios en Yucatán.
El cine turístico puede generar derrama económica directa: contrataciones locales de servicios, hospedaje, alimentación, transporte, escenografía. Además, las producciones proyectan la imagen de Yucatán internacionalmente, lo que puede atraer turismo cinematográfico: viajeros que visitan locaciones vistas en películas o series.
La presencia de cineastas emergentes en Yucatán también puede fortalecer esta identidad. Por ejemplo, Elian Magaña, director y guionista nacido en Mérida, ha producido trabajos con foco local e internacional. Esa semilla local es clave para que el destino no dependa solo de producciones externas.
Además, la película 1966: Una historia de Dzilam de Bravo, rodada parcialmente en Yucatán, demuestra que se pueden producir proyectos narrativos con raíces locales que escalen al público nacional. Ese tipo de películas refuerza la narrativa del estado como espacio con historias propias.
Retos y limitaciones estructurales
No obstante, no todo depende de voluntad e imagen. Primero, la infraestructura técnica local —estudios, equipos de filmación, postproducción— aún es limitada en comparación con otros estados o países. Muchas producciones deben importar equipos y equipos técnicos de fuera, lo que encarece costos.
Los incentivos fiscales o apoyos estatales para producciones cinematográficas en Yucatán aún no están claramente definidos o son insuficientes. La Comisión Mexicana de Filmaciones (COMEFILM) ofrece incentivos nacionales, pero la competencia entre estados exige que cada entidad aporte estímulos locales. Si Yucatán no fortalece su esquema de incentivos, la competencia lo desplazará.
La capacidad de servicios auxiliares locales —transporte, alojamiento de lujo, catering especializado— puede no estar a la altura del estándar de grandes rodajes. Si las producciones enfrentan altos costos logísticos en Yucatán, optarán por locaciones con infraestructura más desarrollada.
La protección ambiental y la regulación de locaciones arqueológicas puede complicar permisos. Zonas como Chichén Itzá o cenotes están sujetas a normativas estrictas. Rodar en esos sitios sin afectar vestigios exige protocolos costosos y tiempo, lo que desalienta producciones con presupuestos ajustados.
La percepción local puede resistir. Comunidades que viven cerca de zonas de rodaje pueden ver molestias —cortes de caminos, suspensión de actividades— con resistencia. Si no hay diálogo local, se generan conflictos que atrasan proyectos.
¿Yucatán como destino cinematográfico?
Personalmente creo que Yucatán tiene el potencial para ser un referente en turismo cinematográfico, pero no por casualidad; requiere inversiones estratégicas y coherencia institucional. El estado no debe depender únicamente de locaciones bonitas. Debe reforzar su infraestructura técnica, ofrecer incentivos claros y cuidar las relaciones con las comunidades locales.
También debe diferenciarse: no solo ser destino para filmar, sino para que el cine se vuelva experiencia turística. Rutas cinematográficas, tours tras cámaras, museos de cine local, festivales que celebren películas rodadas en Yucatán. Con eso, el turismo no solo ve locaciones, sino historias vividas.
Hay que vigilar que la promoción audiovisual no eclipse al turismo tradicional: no se trata de que cada rodaje atraiga únicamente fans del cine, sino que la combinación entre cine, cultura, gastronomía e naturaleza permita un turismo híbrido.
Te invito a observar los créditos de tus series favoritas: si ves “rodado en Yucatán”, compártelo, visítalo, pregunta tours, participa. Esa pequeña acción puede fortalecer la noción colectiva de Yucatán como destino cinematográfico.

Periodista y columnista especializado en turismo y negocios. 15 años de experiencia reseñando industria turística y destinos.
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