¿Cuál es el reto de las Islas Marías? ¿convertirse en el modelo mexicano del turismo de baja densidad? Pero ¿es rentable?
Durante décadas, la industria turística mexicana ha perseguido una misma obsesión: más. Más turistas, más habitaciones, más vuelos, más cruceros y más derrama económica.
El éxito se ha medido casi exclusivamente en volumen.
Las Islas Marías tienen la oportunidad histórica de demostrar que existe otro camino. Uno donde el objetivo no sea crecer indefinidamente, sino conservar inteligentemente.
Donde la capacidad de carga no sea vista como una limitante, sino como el principal activo estratégico del destino.
Donde el éxito no se mida por cuántos visitantes llegan, sino por la calidad de la experiencia y la capacidad del ecosistema para mantenerse intacto durante las próximas décadas.

Pero insisto: ¿es rentable? ¿El actual volumen de visitantes da para punto de equilibrio o números negros? ¿Es ese KPI lo que se busca con el proyecto?
La semana pasada tuve la oportunidad de ser invitado a un famtrip a Islas Marías organizado por Sectur Federal y Secretaría de Marina para conocer en persona, en un par de días el producto.
Ahí conversé con el Capitán de Fragata Hugo Sánchez Mijangos, gerente de Promoción y Desarrollo Turístico de la empresa paraestatal Turimar, operadora de las Islas Marías.
Su resumen es tan simple como contundente: “La misión es hacer que los turistas lo pasen bien y cuidar el medio ambiente… Claro, yo creo esos principales dos factores”. Esa frase sintetiza muy bien la tensión permanente entre experiencia y conservación.
Luego de vivir de cerca el destino, mi tesis es clara: las Islas Marías pueden convertirse en uno de los primeros grandes ejemplos mexicanos de turismo de baja densidad y bajo impacto ambiental.
En un contexto mundial marcado por el sobreturismo, México tiene frente a sí la posibilidad de construir un modelo distinto, que no repita los errores de otros polos turísticos de sol y playa.

El reto de las Islas Marías: el privilegio de no ser masivo
Las Islas Marías poseen una ventaja extraordinaria: pienso que no nacieron para competir con Cancún ni necesitan parecerse a Los Cabos.
No tienen que llenar cientos de miles de habitaciones.
Su propia naturaleza geográfica impone límites, y esos límites son precisamente su fortaleza.
Deben poner en valor sus fortalezas: destino casi privado, baja densidad, no es para todos, en realidad solo unos cuantos tendrán el privilegio.
En cuanto las Islas Marías dominen su valor, serán ese objeto del deseo, ese remanzo en medio del pacífico.
El archipiélago forma parte de una Reserva de la Biosfera y alberga ecosistemas de enorme fragilidad ambiental.
Su capacidad de carga es reducida: alrededor de 400 personas por estancia, equivalente a dos barcos de 199 pasajeros. “La capacidad de carga justo está establecida para 400 personas… no es un destino donde vamos a ver… el río de personas, saturado de personas”, me dijo el Capitán Sánchez Mijangos.
Ese techo no es un problema a resolver, sino un criterio de diseño.
El modelo de baja densidad sólo tiene sentido si el destino se mantiene deliberadamente pequeño.
En abril, durante una rueda de prensa en la Secretaría de Turismo federal, el contraalmirante Rafael Gómez Conejo, director general de Turística Integral Islas Marías, declaró un número reveldor, que la meta estimada es recibir entre 4 mil y 5 mil viajeros al año, con la idea de incrementar su presencia y consolidarse poco a poco. ¿Es mucho o poco?
Esa cifra, muy por debajo de cualquier destino masivo mexicano, confirma que la apuesta no es competir en volumen, sino en diferenciación y control. Ahí está la clave de su éxito.
Mientras otros destinos necesitan crecer para sostener su estructura económica, las Islas Marías podrían convertirse en un caso de estudio sobre cómo operar un destino turístico con un flujo reducido de visitantes, sin sacrificar su esencia ambiental y social.
Dicen los gurús del marketing que lo escaso cuando tiene mucho valor en un mercado específico es lo más deseado.
El reto de las Islas Marías: una experiencia que empieza antes de llegar
La experiencia de las Islas Marías no inicia cuando el visitante pisa tierra, sino desde el trayecto. La travesía en ferry desde San Blas, Mazatlán o Puerto Vallarta funciona como el primer capítulo de una narrativa cuidadosamente construida. Ahi comienza su propio storytelling.

Durante horas, el océano va aislando al viajero del continente. La distancia física se transforma en distancia emocional y surge la sensación de estar entrando a un territorio distinto.
En un mundo acostumbrado a los vuelos cortos y las llegadas instantáneas, el simple hecho de “ganarse” la llegada se vuelve parte del valor.
Para un modelo de baja densidad, esta condición es clave: el viaje es filtro, preludio y dispositivo narrativo al mismo tiempo.
Sánchez Mijangos me explicó que están explorando incluso productos específicos ligados a esa lógica: “Estamos haciendo viajes de integración empresarial, de team building, para que se reúnan la gente en Boca de Chila… y posteriormente zarpar… al complejo de Islas Marías”.
No se trata sólo de mover personas, sino de diseñar experiencias coherentes con un destino que no quiere ni puede ser masivo.
Mucho más que sol y playa
México ya tiene cientos de playas y no necesita una más. Las Islas Marías son mucho más interesantes que eso.
Su fortaleza está en la combinación de conservación ambiental, patrimonio histórico y memoria social. Ese es el producto, lo único, lo mágico, lo irrepetible, lo historico, lo enigmático y místico.
El visitante puede recorrer el mítico Puerto Balleto, caminar por las antiguas calles de la colonia penal, visitar el Museo de Sitio, conocer la historia de la temida cárcel Laguna del Toro.
Contemplar el Cristo Rey construido por internos con sus propias manos, explorar senderos ecológicos, observar fauna endémica y visitar el antiguo cementerio.
Todo ello permite entender cómo funcionó, durante más de un siglo, uno de los experimentos penitenciarios más singulares de América Latina.
La playa existe, pero no es el producto. El producto es la historia. El producto es la reflexión. El producto es tener los piés en un terruño alejado de todo y con tanta significacia.
Ese producto es la posibilidad de vivir una experiencia transformadora en un territorio donde convergen memoria, naturaleza, aislamiento, libertad y redención.
Eso es lo que hay que poscisionar en la mente del viajero, la idea de un destino que tiene un hito histórico detrás, no un simple polo turístico de excursiones.
Este lugar es un pedazo sensible de la historia de México y esa es la materia prima ideal para un destino de baja densidad que no pretende vender cantidad, sino significado.
Por cierto de esto último los segmentos MICE e incentivos están profundamente ávidos.
Reutilizar antes que construir

Las Casas Familiares ilustran la filosofía que debería guiar al proyecto. Son antiguas viviendas ocupadas por internos, custodios y trabajadores del sistema penitenciario, remodeladas para uso turístico.
Hoy cuentan con aire acondicionado, sala, comedor, cocina equipada y acceso a club de playa con alberca.
Son espacios cómodos y funcionales, pero sobre todo representan una forma de desarrollo que no exige levantar complejos hoteleros, alterar el paisaje ni transformar radicalmente la isla.
Se reutilizó infraestructura existente.
Un modelo de baja densidad no requiere crecer en infraestructura, sino aprovechar al máximo lo ya construido y mantener el entorno intacto.
Las Islas Marías pueden marcar la diferencia precisamente ahí: demostrar que es posible generar valor turístico sin una expansión inmobiliaria agresiva.
Rentabilidad con cupo limitado
El reto central es económico: ¿puede ser rentable un destino que, por diseño, no puede ni debe masificarse?
Creo que el archipiélago todavía se encuentra en una fase de definición de su mercado objetivo.
Y en términos generales, enfrenta dos rutas.
La primera es consolidar una oferta para segmentos de mayor poder adquisitivo: tarifas más elevadas, experiencias especializadas, servicios de alto valor agregado.
El propio contraalmirante Gómez Conejo ha señalado que parte del reto de las Islas Marías busca “posicionar Islas Marías con el acceso de aeronaves, como las embarcaciones privadas y cruceros”, lo que confirma el interés en atraer visitantes con capacidad de pago y movilidad privada.

Sobre esto, Sánchez Mijangos añade un matiz sobre el resto de las Islas Marías: “Hay dos formas más exclusivas o particulares de llegar. Una es mediante yates… y también mediante aviones privados”.
La segunda ruta es mantener una vocación de turismo social o popular, ampliando el acceso a sectores más diversos mediante precios accesibles y, eventualmente, subsidios públicos que cubran parte de los costos operativos.
Esa lógica honraría la dimensión social del proyecto, pero plantea riesgos: presiones sobre la capacidad de carga o dependencia permanente de recursos fiscales.
Ninguna de las dos alternativas es, por sí misma, equivocada.
El verdadero desafío es llegar a un punto de equilibrio donde la baja densidad no sea sólo un discurso, sino un modelo económicamente sostenible, socialmente defendible y ambientalmente responsable.
Ahí la operación diaria juega un papel clave. El Capitán lo resume así: “La capacitación de todo el personal en el ámbito turístico es constante.
Tenemos mucha cercanía con la Secretaría de Turismo, tanto federal como estatal”. La baja densidad exige compensar la falta de volumen con calidad, profesionalización y coherencia en el producto.
Un modelo que se construye en equipo

En esa rueda de prensa, la secretaria de Turismo federal, Josefina Rodríguez Zamora, subrayó que se ha trabajado con empresas turísticas estatales para mejorar su posicionamiento y operación.
Explicó que antes cada empresa promovía sus destinos por separado, sin estrategias conjuntas de comunicación ni coordinación en ferias o en el Registro Nacional de Turismo.
Ahora, el objetivo es que Grupo Mundo Maya, la aerolínea Mexicana de Aviación y Turística Integral Islas Marías trabajen de la mano con la Secretaría de Turismo para crecer de forma continua en viajeros y pasajeros.
Es decir, que el modelo de baja densidad no quede aislado, sino integrado en una política turística más amplia.
Si esa coordinación se traduce en planeación, promoción adecuada y control estricto de flujos, las Islas Marías podrían convertirse en un laboratorio replicable para otros destinos que quieran apostar por la baja densidad en lugar de la masificación.
La narrativa como activo estratégico
La ventaja competitiva de las Islas Marías no está en tener más albercas o más restaurantes, sino en contar una historia que casi ningún otro destino puede contar.
Pocos lugares pueden articular, al mismo tiempo, una prisión centenaria, una reserva de la biosfera, una comunidad aislada y un proyecto de reconversión hacia el turismo sostenible.
El storytelling y la gamificación son herramientas naturales para este contexto: recorridos temáticos, rutas interpretativas, pasaportes de exploración, insignias digitales, desafíos culturales.
Más allá de guiar a los turistas, más allá de explicarles lo que ven.
Todo ello puede convertir al visitante en protagonista de una historia que se despliega a lo largo del viaje, reforzando la percepción de exclusividad y profundidad que un destino de baja densidad necesita.
Eso es lo que, a mi juicio, les haría incluso tener lista de espera de visitantes deseosos de llegar.
La pregunta que realmente importa
Durante años, la industria turística ha formulado quizá la pregunta equivocada: ¿cuántos turistas más podemos recibir?
Las Islas Marías tienen la oportunidad de hacer otra pregunta:
¿cuántos turistas pueden entrar sin que las Islas Marías dejen de ser las Islas Marías?
Si el país logra responderla correctamente, el archipiélago no sólo puede ser un destino exitoso en sus propios términos.
Puede convertirse en el modelo que inspire una nueva generación de destinos sostenibles, culturales y de baja densidad en México.
En un mundo saturado de turistas y experiencias estandarizadas, quizá el verdadero lujo del futuro no sea viajar a donde va todo el mundo.
Sino llegar a los pocos lugares que tuvieron la inteligencia de conservar aquello que los hacía únicos y al mismo tiempo ser rentables, más allá del punto de equilibrio.
Ese es, en esencia, el reto de las Islas Marías. Y también su mayor oportunidad.

Periodista y columnista especializado en turismo y negocios. 18 años de experiencia reseñando industria turística y destinos. El algoritmo vende, yo explico.
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